7 ago 2010

soledad

Llegas a mi casa

con tu maleta de piel

y tu cara ojerosa,

con las joyas falsas

que no vendiste

porque eran feas.

Te miro.

Me miras.

Parece que quieras quedarte

en el sofá

calentita

y acompañada.

Abres tu boca

y vomitas tu improvisado dialogo

y tus estudiadas mentiras.

Me vendes

un colgante por 20 euros,

una pulsera por 10

y la felicidad gratis

a un paso

de mí.

Me das pena.

Quiza yo te de pena a ti.

No me importa.

Me ofreces lastima

en una lata

de comida precocinada,

en una taza

de café frio,

en un sábado

lluvioso.

No se que fue.

La burla,

la tristeza,

la caridad,

su huida,

o el hecho de que tú estabas

antes

de que el se fuera.

El caso,

soledad,

vieja conocida:

deje que entrases

en mi casa

con joyas que reservaste para mí

porque nadie las querían

por caras, falsas y feas.

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