Llegas a mi casa
con tu maleta de piel
y tu cara ojerosa,
con las joyas falsas
que no vendiste
porque eran feas.
Te miro.
Me miras.
Parece que quieras quedarte
en el sofá
calentita
y acompañada.
Abres tu boca
y vomitas tu improvisado dialogo
y tus estudiadas mentiras.
Me vendes
un colgante por 20 euros,
una pulsera por 10
y la felicidad gratis
a un paso
de mí.
Me das pena.
Quiza yo te de pena a ti.
No me importa.
Me ofreces lastima
en una lata
de comida precocinada,
en una taza
de café frio,
en un sábado
lluvioso.
No se que fue.
La burla,
la tristeza,
la caridad,
su huida,
o el hecho de que tú estabas
antes
de que el se fuera.
El caso,
soledad,
vieja conocida:
deje que entrases
en mi casa
con joyas que reservaste para mí
porque nadie las querían
por caras, falsas y feas.
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