Rebautizada poeta, en una ciudad llena de esquinas, en una sociedad que se cae a pedazos, con farolas que oscurecen lo luminoso, con ramas que, juntándose, amurallan nuestras almas. Rebautizada yo poeta… Y tú me llamaste poesía.
Rebautizada poeta, intentando ir a contracorriente, no ser esclava de nada, intentando ser feliz a mi manera (oscureciéndome, ocultándome entre risas)… ¡Intentando ser poeta, y tú me llamaste poesía!
Rebautizada como poeta, por tí, que me conociste mejor que nadie. Y te miro: tu sonrisa cansada, en tus ojos ese brillo de la experiencia, en tu voz ese timbre grave que me susurraba al oído y me provocaba escalofríos. En tu alma esa extraña paz que tanto me atraía. Un silencio. Me observas con candor. ¿Eres feliz? Se ve que te invade la soledad. Una mueca de pena que intenta parecer sonrisa. Yo sigo callada. Empieza a ser incómodo, con mis ojos fijos en tí. Te muerdes la lengua, y giro mi vista casi imperceptiblemente, hacia otro lugar, a alguna esquina imaginaria donde me acurruco, y me quedo suspendida sobre el hilo entre dos mundos. ¿Qué es real? ¿Esas letras que me atraen hacia el irrealismo, hacia lo abstracto y la oscuridad? ¿O el bar, una luz tenue, un suelo de linóleo verde vómito, dos copas de vino y nosotros?
Intenté ser algo, algo pequeño, insignificante, no servir para nada, pero tener nombre.
Intenté ser poeta para poder describirte. Lo intenté.
Pero tú me llamaste poesía.
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