18 abr 2010
Momento 1
Mismo cuerpo, pero más joven. Adolescente. Un instituto viejo, de muros gruesos, grande, religioso. Un aula. Luces apagadas. En la mesa del profesor está una chica tocando un teclado electrónico, con sus manos moviéndose rápidas y veloces. Una melodía no conocida llena el aire haciéndolo parecer más triste. Un grupo de jóvenes que charlan, sentados sobre las mesas; otros se hacen fotos con una cámara, intentando guardar esos momentos en solo un papel impreso. Últimos juegos de una edad maldita. En la última fila, apoyado en el marco de la ventana, hay un chico que, taciturno, ve llover. Se nota como su pecho sube y baja en una respiración tranquila, mientras un hálito de vapor sale por su boca entreabierta. Un paisaje de edificios, de tejados, de tonos grises se refleja enmarcado en su pupila, abrillantándola. La pierna la mueve acompasada siguiendo el ritmo de una canción propia de su cabeza, la música de su alma, que nadie ha oído jamás. Tiene el pelo moreno, y los ojos verdes, colores que junto a los de sus mejillas adquieren un tono grisáceo y enfermizo. Y él. Sólo él, callado. Viendo llover. Se oye la música del piano, el diluvio que repiquetea contra los cristales y el suelo, y algunas risas y trozos de conversaciones que se oyen difusas. Las luces están apagadas. Paisaje oscuro de una mañana de diciembre. Y el chico, en su (no) buscada soledad, está asomado a la ventana, y apoyado en el marco, de pie en un mundo irreal, se pierde en un gris infinito.
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