No hubo jamás firmamento
más hondo
que tu pupila;
existía en ella el horizonte,
desdibujado por tus soledades
y tus intentos (desesperados) de sonreír.
Tras pasear por tus pestañas
(rociadas de mañana)
comprendí
los nudos de tu voz,
las grietas de tu pecho;
la mercancía frágil del cuerpo fuerte
que soporta un alma débil.
Las estrellas de tu rostro
brillaban como dos cuencas de noche
y se vertían en el día
como dos tinieblas.
Y en ellos verme.
Verme a mí.
[Poca cosa.]
Yo en tí
en un bello instante de casualidad
y verso masticable.
Tú lo fuiste todo
¿recuerdas? con tus ojos de agua
y tu risa de goma
y yo no era nada.
...
leí los dos...
ResponderEliminaruuffff!
poca cosa sería decir algo